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Oportunidades El Corte Ingles En Tenerife

Дата публикации: 2017-09-23 04:52

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– Cómo será de noble esta ciudad -decía- que tenemos cuatrocientos años de estar tratando de acabar con ella, y todavía no lo logramos.

Lección 1

Poco después, sin embargo, la ocasión llegó sola. Se habían alejado mucho del tema, cuando una criada los interrumpió para entregarle a Fermina Daza una carta recibida en ese instante por el correo urbano especial, de creación reciente, que utilizaba el mismo sistema de reparto de los telegramas. Ella no pudo encontrar las gafas de leer, como le ocurría siempre. Florentino Ariza se mantuvo sereno.

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Recostados en el sofá, muy juntos, hablaron de ellos, de lo que fueron antes de conocerse una tarde de quién sabe cuándo en el tranvía de mulas. Sus vidas transcurrían en oficinas contiguas, y nunca hasta entonces habían hablado de nada distinto del trabajo diario. Mientras conversaban, Florentino Ariza le puso la mano en el muslo, empezó a acariciarlo con su suave tacto de seductor curtido, y ella lo dejó hacer, pero no le devolvió ni un estremecimiento de cortesía. Sólo cuando él trató de ir más lejos le cogió la mano exploradora y le dio un beso en la palma.

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Florentino Ariza le mostró la llave de su camarote con una intención demasiado evidente: un camarote ordinario en la cubierta común. Pero al doctor Urbino Daza no le pareció una prueba bastante de inocencia. Dirigió a la esposa una mirada de náufrago, en busca de un punto de apoyo para su desconcierto, pero se encontró con unos ojos helados. Ella le dijo muy bajo, con voz severa: “¿Tú también?”. Sí: él también, como su hermana Ofelia, pensaba que el amor tenía una edad en que empezaba a ser indecente. Pero supo reaccionar a tiempo, y se despidió de Florentino Ariza con un apretón de mano más resignado que agradecido.

Por sugerencia del tío León XII había buscado una mujer mayor que se ocupara de ella, pero la pobre andaba siempre más dormida que despierta, y a veces daba la impresión de que también ella se olvidaba de quién era. De modo que Florentino Ariza se quedaba en casa desde que salía de la oficina hasta que lograba dormir a la madre. No volvió a jugar dominó en el Club del Comercio, ni volvió a ver en mucho tiempo las pocas amigas antiguas que había seguido frecuentando, pues algo muy profundo había cambiado en su corazón después de su encuentro de horror con Olimpia Zuleta.

Su día diferente era el domingo. Asistía a la misa mayor en la catedral, y luego volvía a casa y permanecía allí descansando y leyendo en la terraza del patio. Pocas veces salía a ver un enfermo en un día de guardar, como no fuera de extrema urgencia, y desde hacía muchos años no aceptaba un compromiso social que no fuera muy obligante. Aquel día de Pentecostés, por una coincidencia excepcional, habían concurrido dos acontecimientos raros: la muerte de un amigo y las bodas de plata de un discípulo eminente. Sin embargo, en vez de regresar a casa sin rodeos, como lo tenía previsto después de certificar la muerte de Jeremiah de Saint-Amour, se dejó arrastrar por la curiosidad.

No hubieran pensado en salir del camarote de no haber sido porque el capitán les anunció en una nota que después del almuerzo llegarían a La Dorada, el puerto final, al cabo de once días de viaje. Fermina Daza y Florentino Ariza vieron desde el camarote el promontorio de casas iluminadas por un sol pálido, y creyeron entender la razón de su nombre, pero les pareció menos evidente cuando sintieron el calor que resollaba como las calderas, y vieron hervir el alquitrán de las calles. Además, el buque no atracó allí sino en la orilla opuesta, donde estaba la estación terminal del ferrocarril de Santa Fe.

Lorenzo Daza tuvo que mirarlo de lado, como los loros, para encontrarlo con el ojo torcido. No pronunció las tres palabras sino que pareció escupirlas sílaba por sílaba:

– Cada vez que paso por ese playón -dijo- le ruego a Dios que aquel gringo se vuelva a embarcar en mi buque, para volver a dejarlo.

Volaron sobre los palafitos de las Trojas de Cataca, pintados de colores de locos, con tambos para criar iguanas de comer, y colgajos de balsaminas y astromelias en los jardines lacustres. Cientos de niños desnudos se lanzaban al agua alborotados por la gritería de todos, se tiraban por las ventanas, se tiraban desde los techos de las casas y desde las canoas que conducían con una habilidad asombrosa, y se zambullían como sábalos para rescatar los bultos de ropa, los frascos de tabonucos para la tos, las comidas de beneficencia que la hermosa mujer del sombrero de plumas les arrojaba desde la barquilla del globo.

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